Ferrol, una ciudad en puntos suspensivos

Hace unos días he leído un artículo en dónde definían a Ferrol como el Detroit gallego. Puede parecer una comparación exagerada, pero los datos que arrojan la ciudad muestran un presente en decadencia con difícil solución.

Las grandes caídas son las que más duelen. Ferrol posee una historia gloriosa del que sólo quedan ruinas y recuerdos. Sus calles aún conservan ejemplos únicos en Galicia de arquitectura del XVIII y sus arsenales militares marcan un pasado majestuoso. Todo esto es, a día de hoy, sueños borrosos en la memoria.

Hoy Ferrol es una ciudad en puntos suspensivos; víctima y verdugo; mendigo de un sinfín de reconversiones industriales, con una industria naval que son una sombra de lo que fueron; castigada por lo que parece una maldición que ya dura demasiado. Un cadáver que nadie mató, pero que todos se esforzaron en asesinar.

Ferrolterra está a la deriva. Durante muchos años Astano – Izar – Navantia fueron la locomotora que empujaba a la comarca, que nutría el comercio, que revitalizaba la zona. Hoy los astilleros están vacíos, a la espera de una carga de trabajo prometida y que a día de hoy no llega. Mientras los ferrolanos están esperando a Godot, la ciudad se desangra: sus tiendan cierran, sus habitantes emigran y su economía languidece. Sólo tres de cada diez habitantes de Ferrol tiene un empleo, cifra que no hacen más que gangrenar la herida.

Uno de los graves problemas de esta ciudad es que no supo nunca mirar al futuro, no se paró a diseñar un plan. Por ratos se apostó por la industrialización de la comarca con generosas subvenciones, en otras ocasiones se intentó aportar por el turismo, por la cultura, por resucitar el naval, por revivir la industria militar, por resucitar el patrimonio, por construir un carísimo puerto exterior justo enfrente de otro carísimo puerto exterior como es el de Coruña… se apostó por el error, por la falta de una visión global frente a un exceso de localismo. Faltan líderes y proyectos que guíen al barco en la tempestad.

Hace ya bastante que no voy por Ferrol. La última vez que lo hice, paseé por una ciudad triste, deprimida, oscura, fría. Parecía que sus calles se tambaleaban intentando buscar un punto de apoyo; y eso se refleja en sus edificios, en sus silencios, en su melancolía latente.

La ciudad con pasado, carece que presente y posee un futuro en stand-by. Ferrol, que vio nacer a dictadores y sindicalistas, a productores musicales y literatos, a grandes feministas y pérfidos misóginos, es, a día de hoy, una urbe derrotada. La ciudad departamental vive el sueño de los justos en su particular isla de Ávalon a la espera que los bardos celtas vuelvan a cantar con fuerza sus gestas. Gestas que parecen lejanas y cubiertas por una espesa niebla.

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