Sólo un rumor

Esta es la historia de un rumor o de una tragedia; de lo peor del ser humano y lo crudo de la realidad. Una narración fidedigna o un mero chisme de verdulería.

Imaginen. Un día normal, en una pequeña ciudad en la que nunca pasa nada. Nuestro rumor transcurre en una infraestructura en construcción. Se observa a los obreros con prisas y a los capataces con estrés. La inauguración está próxima, las elecciones a la vuelta de la esquina y los plazos se echan encima. El ministro presiona al presidente de la compañía, este al delegado de zona, este al subdelegado, este al encargado de la U.T.E., este a la subcontrata, este a la subcontrata de la subcontrata. Cuatro responsables después llega la orden al capataz, quién, con gritos de por medio, azota al personal de base a que apremien, aún mas, en su trabajo.

Los empleados están fatigados, deseosos de que llegue el fin de semana para volver en visita fugaz a su país (estaba a ocho horas de camioneta a toda velocidad por la autopista). Llevaban ya demasiado tiempo sin librar; el negocio es el negocio y la fecha de inauguración estaba ahí. Todos apuraban, todos corrían, todos se apresuraban, hasta que pasó el incidente.

El cuerpo de un obrero estaba tirado en el suelo. Había caído de una altura importante (las prisas no casan bien con las medidas de prevención de riesgos laborales). Los pocos compañeros que trabajaban en el turno de noche se acercaron a auxiliarlo. No se podía hacer nada. Estaba muerto.

En estas infraestructuras, nadie llegaba a conocer a nadie. Apenas hablaban de la familia (la distancia ahonda en la ausencia) y las aficiones. Del muerto sólo sabían su nombre, su pueblo y

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que era fanático de uno de los mayores clubes de fútbol de su país. Pocos sabían que casi todo el dinero que ganaba lo enviaba a su madre, viuda demasiado joven; que soñaba con comprar la casa que estaba al final de la calle en dónde se crió. Que leía a Saramago y se emocionaba con las canciones de Cesária Évora.

Ante el cuerpo muerto, se formó un murmullo nervioso. Hacía meses que el silencio no invadía esas obras. Los escalofríos se cruzaban con las miradas, y todas acababan focalizándose en el capataz.

El encargado sabía que la muerte del obrero no ayudaba a los plazos de ejecución. Inspección de trabajo, paralización de obras, noticias en los medios de comunicación, cabreo por parte de los jefazos, y lo que era peor de todo, el paro. No quería vivir eso.

Sin pensarlo seleccionó a dos trabajadores, mandó que subieran el cuerpo en una furgoneta. Se sentó al volante y se fue. En el trayecto sólo veía las líneas de la carretera, señales borrosas, y la oscuridad de la noche. Tras ocho horas llegó a un hospital, a otro país, a otro servicio de urgencias. Salió corriendo, pidiendo ayuda un enfermero, los montaron en una camilla y lo llevaron dentro. Dentro del caos, volvió a la furgoneta, arrancó y se perdió por las autovías.

Nadie sabía que trabajaba en otro país, nadie sabía para quién trabajaba, nadie se molestó en investigar su muerte. A nadie le interesó. Nadie supo nada.

Esta es una historia. La mayor parte de los datos son frutos de la fabulación, parte son la transcripción de un rumor. Los rumores ya sabemos que no se deben tomar en consideración, pero también existe un porcentaje mínimo que tiene parte de realidad. No sé si este hecho ha sucedido o no. Pero conociendo lo podrida de esta sociedad, no descarto que en un país extranjero haya una madre preguntándose porque no tiene con ella a su hijo.

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