Todo el mundo odia a Margaret Hamilton

El trabajo de Margaret Hamilton durante el Mago de Oz interpretando a la Bruja Mala del Oeste, no fue fácil. La pintura verde con la que le recubrieron la cara le provocó reacciones alérgicas bastante fuertes; tanto el humo naranja como el fuego empleados como efectos especiales, le llevó al hospital durante seis semanas; y lo peor de todo, era la mala de la película.

Ser el malo de la película no es un papel sencillo; eres la persona que genera el odio de todos los espectadores, la persona ruin que actúa en contra los intereses del idealizado protagonista, el sujeto que invadirá la pesadilla de todos los niños… Pero también el malo del film, es, y aunque resulte curioso, la persona que consigue que la película tenga sentido y continúe con su desarrollo. ¿Acaso pueden imaginar cómo sería el Mago de Oz, sin la Bruja del oeste, Rebeca sin el ama de llaves o 101 dálmatas sin Cruella DeVille…? no sería nada, sólo un film aburrido, sin sentido, y lo más importante, sin futuro.

Si nos trasladamos al mundo de la gestión de Recursos Humanos, podemos aprovechar esta situación para analizar al que yo denomino, el empleado Margaret Hamilton. El empleado Hamilton es malo, pero no malo en sentido de perverso  o cruel, ni tampoco poco profesional, al contrario, sabe perfectamente lo que tiene que hacer y lo hace, pero no es bien visto, ni por el espectador, ni por el protagonista-empleado. Los cambios realizados en la organización por el empleado Hamilton son necesarios, todo el mundo lo sabe, y son de sentido común; pero muy pocos, por no decir nadie, se atreve a poner el cascabel al gato. La preocupación por la paz laboral, y por el buenrollismo permanente en el lugar de trabajo, impide que ningún responsable se atreva a dar el paso.

Ser un empleado Hamilton no es sencillo;  sabes que tus acciones, por muy bien que las expliques, por mucho consenso que intentes alcanzar serán mal vistas, serás odiado por toda la empresa; cada acto será considerado como una agresión personal a cada uno de los empleados; todos dudarán de tu profesionalidad y lo que es peor, los directivos procurarán no darte apoyo  en público, ya que tendrán miedo en verse salpicados por su reputación. Pero también es consciente de que sin él, sin sus cambios y sin sus aportaciones, temidas por todos, la organización está abocada al suicidio colectivo.

Desde mi modesta opinión, el empleado Hamilton para garantizar su salud psicológica, debe permanecer poco tiempo en la organización, el periodo suficiente como para plantar las bases del nuevo proyecto, y una vez se asegure de que se fije el nuevo rumbo y los nuevos cambios, debe irse a otra empresa, lejos, muy lejos, tanto como al Oeste, dónde vive la bruja mala.

Víctor Vale

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2 pensamientos en “Todo el mundo odia a Margaret Hamilton

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