Querida Shelley…

El otro día vi por primera vez El Resplandor de Stanley Kubrick y he de confesar que me sorprendió, y mucho, el film. En primer lugar me sorprendió el argumento, la forma que tuvo el director de rodarla, me asombró el papel de Jack Nicholson y el de Danny Lloyd; pero sobre todo me sorprendió, bastante, la actuación de Shelley Duvall.

El personaje de Shelley Duvall era uno de los pilares de la película; interpretaba a Wendy Torrance, la dócil mujer del protagonista, la cual, a lo largo del metraje, se ve obligada a actuar de forma desesperada, salvaje e incluso violenta. Esta evolución clara del personaje se puede ver claramente en una de las escenas principales del film, en ella, el protagonista, intenta atacar a su mujer; esta, desesperada, intenta defenderse con un bate de beisbol mientras intentaba subir por las escaleras.  Lo que me llamó la atención  de esta escena no fue la natural reacción de Wendy, sino la forma en que la actriz representó su papel; por momentos se veía una interpretación extremadamente forzada, exagerada, sin mesura, y eso me dio que pensar, por lo que entré en la web para informarme de la película. No tardé muchos segundos en descubrir que Shelley no estaba interpretando esa escena… la estaba viviendo. Durante el rodaje, el director se dedicó (según las crónicas) a maltratar directamente a la actriz, la vejaba, la insultaba, la crispaba, la llevaba a límites insospechados para que ella pudiera darlo todo en su papel… le inducia estrés para aumentar su productividad.

Llegados a este punto, todos somos capaces de diferenciar dos tipos de estrés: el positivo y el negativo. Los efectos del negativo todos los conocemos: bajada del rendimiento, problemas de salud, problemas de relación con los demás, apatía, odio hacia el trabajo; por otro lado, si se consigue inducir estrés positivo, la productividad del trabajador puede aumentar y tener beneficios para la organización.

Todos necesitamos incentivos para poder seguir caminando, un revulsivo; este se puede traducir en dinero, en reconocimiento, un ascenso; pero cuando no se puede ofrecer este tipo de gratificaciones, la dirección intenta ejercer presión sobre sus trabajadores ya que observa que cuando lo hace, la productividad aumenta; intentan crear estrés positivo inducido, aunque pocas veces lo consiguen aplicar correctamente.

Los directivos creen que generando estrés a sus trabajadores, estos serán más productivos, el problema es que nunca suelen encontrar la medida concreta; y lo que piensan (de forma subconsciente) que será rentable para su organización, se convertirá en gastos añadidos a largo plazo.

El estrés exagerado puede ser peligroso, no sólo para la salud física o mental de los trabajadores, también para la salud organizacional. Puede que en determinados momentos pueda salir rentable, pero debemos tener en cuenta que, ni todos los trabajadores son Shelley Duvall ni todos los directores son Stanley Kubrick.

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